Ciudad de México.- Xavier Villaurrutia decía que para vivir en la Ciudad de México hay que tener el valor y amor de los locos, y es que cientos de sus rincones guardan no solo anécdotas o historias, sino también leyendas que, de vez en cuando, vuelven a salir a la luz. Entre avistamientos de demonios, aparecidos, historias de torturas e incluso la que dicen fue la verdadera leyenda de La Llorona, las calles, plazas y parques de la capital guardan un aire espectral que vale la pena vivir.
Precisamente, muchos de estos espacios se ponen en tendencia entre los que gustan del llamado turismo negro, el que visita espacios donde concurren leyendas o historias terroríficas, y el cual se pone muy de moda durante la temporada del Día de Muertos.
Palacio de la Inquisición
En solo cuatro años, entre 1732 y 1736, el vasco Pedro de Arrieta, quien fue además el arquitecto encargado del desarrollo urbano de la Ciudad de México, levantó uno de los edificios más hermosos y tétricos de la capital: El Palacio de la Inquisición.
Dentro de sus muros, el Santo Oficio condenó a muerte y a tortura a cientos de personas. Una de ellas era una hermosa mujer que dicen que no envejecía, por lo que fue acusada de hechicería. Un día antes de su muerte, dibujó un barco con un pedazo de carbón y escapó de su ejecución.
Entre las leyendas que se cuentan también está la de las 13 momias encontradas por una cuadrilla de obreros, una de las cuales supuestamente era de fray Servando Teresa de Mier. Lo que sí ocurrió en este oscuro palacio fue el suicidio del poeta Manuel Acuña, quien residía en una de sus habitaciones y decidió acabar con su vida el 6 de diciembre de 1873.
Durante algunos años fue la Antigua Escuela de Medicina de la UNAM, y actualmente es un museo en el que puedes observar modelos anatómicos y muestras de cómo se ejercía esta ciencia en siglos pasados. Se encuentra en la esquina de República de Brasil y Venezuela, en el Centro Histórico.

Palacio de la Inquisición
Callejón del Diablo
En el corazón del antiguo barrio de Mixcoac hay una calle que, a pesar de haber dejado de ser un espacio rural, oscuro y lleno de árboles, sigue siendo protagonista de una de las leyendas más aterradoras de la capital.
Se cuenta que, durante el Virreinato, un prestamista hizo un pacto con el mismísimo Satanás debajo de un árbol al final de un camino, pero, al no poder pagarlo, apareció desmembrado algunas noches después.
Años más tarde, un hombre que no creía en las historias decidió poner a prueba su valentía, pero sintió una presencia oscura aparecer detrás de un árbol. Al tratar de huir, notó con horror cómo sus pies se hundían en el suelo, aunque sí logró escapar.
Por esta razón, durante muchos años se dejaban ofrendas de objetos valiosos al final del Callejón del Diablo, ubicado en Mixcoac y el cual sigue siendo un motivo de espanto para los vecinos del legendario barrio.

Callejón del Diablo
La Isla de las Muñecas
Don Julián Santana era un ermitaño que vivía apartado del mundo en una chinampa ubicada en Xochimilco. Cierto día, en la década de los 50, escuchó los gritos de auxilio de una niña, quien se ahogó cerca de su casa.
Desde ese momento, el espíritu de la pequeña no encontraba descanso, por lo que don Julián comenzó a colgar muñecas rotas y viejas en los árboles de su pequeño islote, para contentar a la pequeña ánima.
Medio siglo después, el hombre fue encontrado muerto de un infarto por su sobrino, justo en el sitio donde décadas atrás encontró a la niña ahogada y sin vida. Actualmente, la Isla de las Muñecas es un atractivo turístico de la región, e incluso hay gente que le lleva ofrendas a Agustinita, una muñeca encontrada el día de San Agustín, quien tiene fama de ser milagrosa.
La Llorona
Aunque la historia de la mujer que lanza gritos desgarradores en busca de sus hijos se cuenta de maneras distintas en distintos puntos del país, una de las leyendas más antiguas se narra desde hace siglos en los pueblos de San Ángel y Chimalistac.
Allí, una mujer criolla llamada Luisa se enamora de un español, Nuño de Montesclaros, con quien tiene tres hijos. Sin embargo, las diferencias sociales hacen que este la rechace, lo que provoca que Luisa, en un arrebato de dolor, ahogue a sus hijos en el río Magdalena.
Lo curioso es que esta historia data de antes de la Conquista, pues los pueblos de la región decían que, ante la llegada de las tropas europeas, la Cihuacóatl, la diosa madre de los aztecas, recorría ese mismo río llorando por la muerte de sus hijos y la incapacidad de poder salvarlos.
Desde entonces, las noches de luna llena, los vecinos de la zona aseguran que se escucha el clásico lamento: “Ay, mis hijos“, de la pobre mujer en busca de sus pequeños en los barrios de San Ángel y Chimalistac.

Llorona – Chimalistac
Fuente: Tribuna

