Ciudad de México.- Originaria de México, la flor de cempasúchil es apreciada desde tiempos inmemoriales: los aztecas la usaban para que quienes iban a ser sacrificados no sintieran dolor.
Por su color amarillo, se relacionaba con Tonatiuh, dios del Sol, y desde entonces se cultiva en el sur de la Ciudad de México. De acuerdo con la Sedema, en 2026 se produjeron cerca de 10 millones de plantas.
Detrás de ellas está el esfuerzo de 586 familias como la de Cipriano, agricultor de San Gregorio Atlapulco, quien cuenta que el proceso para sembrar la flor inicia en julio.
“El campo es muy bonito, pero a muchos no les gusta. A los que ya estamos acostumbrados nos gusta porque quién va a decir que de una semillita milimétrica, mire nada más la belleza que se produce.
No toda la flor se siembra en el mismo periodo, porque cada flor tiene diferente tiempo de producir; la primera que debemos sembrar es la que llamamos quelite o terciopelo; su duración es de cuatro meses”, detalla, en entrevista exclusiva para TRIBUNA CAPITAL.
Cipriano eligió seguir con lo que le enseñaron sus padres y sus abuelos: abre el surco con una yunta de animales, la siembra, el riego y la cosecha son manuales y eso se nota: sus flores explotan en colores durante las últimas semanas de octubre, listas para llamar a los Fieles Difuntos.
Vida todo el año
La vida en los campos de Xochimilco no termina el 2 de noviembre. Apenas termina un ciclo, los campesinos comienzan a arar la tierra, a adecuarla al siguiente ciclo de producción.
Caeríamos en un error si nada más sembramos las puras flores. Ustedes saben la situación económica que se está viviendo en el campo. Terminando las flores, comenzamos a limpiar los residuos.
Yo aquí acostumbro a sembrar frijol y un pedacito lo siembro de manzanilla para Semana Santa; mis demás hermanos siembran elotes muy sabrosos”, concluye.
Fuente: Tribuna

