Ciudad de México.- En apenas 90 minutos, la historia de México cambió de forma radical el 2 de octubre de 1968, cuando alrededor de 5 mil efectivos del Ejército y grupos paramilitares arremetieron contra los asistentes a un mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga en Tlatelolco.
Luis Morales estaba allí, haciendo prácticamente lo mismo que hace desde hace más de cinco décadas en las calles de Ciudad Juárez: ofreciendo limpieza de calzado, viendo cómo la gente pasaba del júbilo al horror en cuestión de minutos.
Yo estaba chamaco, tenía 14 años nomás. Me gustaba la escuela, pero mi familia no tenía dinero, entonces boleaba dónde podía: en la universidad, los chavos pagaban bien por llegar con los zapatos limpios a sus clases”.
“Allí fue donde me enteré del mitin y, aunque no tenía idea de qué peleaban, me fui para allá. Eran otros tiempos y la gente se preocupaba por otras cosas, aunque el mexicano es el mismo: si se queja, se queja cantando”, revela, en entrevista exclusiva para TRIBUNA CAPITAL.
Morales no es muy alto, pero tampoco cuesta mucho trabajo imaginarlo años atrás. Delgado, hablantín y resuelto, no ha perdido el acento capitalino a pesar de que la frontera es su hogar desde que, en 1973, decidió mudarse.
“Se puso color de hormiga, manito. Ya desde antes había chavos pegándole a la gente, a las mujeres, a los niños. Bajaban de los camiones, empezaban a correr en los parques, te apaleaban o a cadenazo limpio”.
“Yo creo que por eso la gente no se levantó después de la matazón, porque no sabías quién era quién. Y pues te ibas con lo poco que sabías, con lo que medio leías, lo que escuchabas en la radio. Qué ganas de que hubiera todo lo que hay ahorita”, detalla.

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Antes del fragor de la batalla
Luis ve con nostalgia cómo se va tiñendo de sepia el horizonte. La arena que viene del desierto es oro para él: allí es cuando alguien necesita un trapazo, una limpiadita para llegar al cien, dice y sonríe con una mueca incompleta.
Aprendió el oficio de lustrador como suelen suceder esas cosas: salía temprano de su casa para evitar que su mamá se preocupara por una boca más que alimentar; ya mucho trabajo tenía con alimentar a sus cuatro hermanos.
Pero, ¿qué crees? No me arrepiento de nada. Imagínate si hubiera estudiado, hasta me hubiesen matado. Pero en ese día, en Tlatelolco, era un mugroso más, ni me notaba. Y había gente que se veía fina, de las escuelas de paga; había de todo”.
“Ya andaba sacando yo mis cuentas; me iba a ir bien si no llovía. Y cuál, lo único que pasó es que mortifiqué a mi mamá, que perdí mi cajón y casi no la cuento”, narra.
Luces en el cielo
La cronología oficial señala que, a las 18:55 horas, dos bengalas verdes fueron disparadas desde el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Esa fue la señal: la masacre iniciaría 15 minutos después, con precisión militar.
“Te mentiría si te dijera que las vi o que escuché los tiros; no vi la sangre, pero sí los gritos, sí, puedo decirte que los vi porque eran tan feos, tan fuertes, que los sentías aunque tú no estuvieras gritando”.
“Todos empezamos a correr para todos lados: mujeres, niños, muchos muchachos, claro. Yo vivía en Tacuba, barrio pesado, y pues la verdad no me fue difícil escapar. Llovía, eso sí. Y de repente, a eso de las 8, puro silencio, como de panteón. Escuchabas un disparo, o un grito, pero luego, puro silencio”, recuerda.
Se aferra a su trapo y se calla por un momento. Su semblante se oscurece por momentos y trata de mantener su buen humor. Según reportes de la época, Luis fue uno de los 15 mil asistentes al histórico mitin, donde participaron figuras como Heberto Castillo o Luis González de Alba.
En cuanto pude, pelé gallo hacia el rumbo de la San Simón, ya de allí bajé para el Casco y luego a Tacuba. Sí, había tanquetas y mucha gente norteada, muchas mamás como la mía, llorando, pidiendo información, no sabías qué hacer. No creo haber estado consciente entonces de lo que pasó, yo creo que ni ahorita lo estoy”, añade.
Escapar al norte
Morales no volvió a Tlatelolco. Apenas cinco años después, decidió cambiar de aires y viajar a la frontera, donde desde hace casi 50 años lustra calzado, vende dulces y ocasionalmente guía turistas a los mejores sitios de Ciudad Juárez.
“Yo no vuelvo a la ciudad, me suena a muerte. Acá no te salvas, pero le agarras aprecio al polvo, a la gente. ¿Que si me marcó estar allí? Calcula que no he vuelto: he escuchado un montón de historias, de inventos, pero quien estuvo allí no vuelve”.
“Yo creo que es una responsabilidad, ¿sabes?, haberla librado. No podemos dejar que se nos olvide lo que pasó, pero tampoco podemos vivir en esa amargura. Hay que chambear y agradecer que estamos vivos, ¿no crees?”, dice al retomar su cajón, sus historias, para seguir caminando y perderse en el norte.

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Fuente: Tribuna

