Ciudad de México. – La capital dejó de ser una escala ocasional para convertirse en uno de los mercados más rentables del entretenimiento en vivo. U2 ofreció dos conciertos en México en 1997, dos en el Estadio Azteca en 2006 y tres en 2011. Dos décadas después, cuatro fechas de Taylor Swift, cinco de Madonna o las largas temporadas de Shakira muestran hasta dónde creció la capacidad del mercado capitalino para absorber una misma gira.
La transformación también se refleja en el precio. En 2006, ver a U2 en el Azteca costaba entre 300 y 2 mil pesos, con cancha general en 650. Cinco años después, las localidades arrancaban en 350 pesos y la cancha costaba 850. Este octubre, Elton John llegará al mismo inmueble (hoy Estadio Banorte) con boletos oficiales de 990 a 16 mil pesos, más cargos por servicio.
La comparación exige matices: han pasado dos décadas de inflación, las producciones son más costosas y los espectáculos incorporan mayor tecnología. Pero el desembolso ya no termina en la entrada. A la cuenta pueden sumarse cargos de las plataformas, estacionamiento, transporte, alimentos, mercancía, accesos preferentes y experiencias premium.
La reventa añade otra presión. Una iniciativa presentada en el Congreso de la Unión en 2026, con información de Profeco, documentó que un boleto de Shakira vendido oficialmente en 1,950 pesos llegó a ofrecerse en 4,751 pesos en plataformas secundarias, 143 por ciento más. El documento también advierte sobre intermediarios que no garantizan la autenticidad ni la validez de las entradas.
El mayor cambio está en la competencia por el gasto del público. Las grandes giras conviven con festivales como Vive Latino, EDC y Corona Capital, mientras pop, rock, electrónica, regional mexicano, urbano, K-pop, indie y artistas de nostalgia mantienen activa la cartelera durante buena parte del año.
La pandemia aceleró esa transformación. Tras las cancelaciones y aplazamientos llegó una concentración de giras y una demanda contenida que terminó consolidando un mercado capaz de sostener más fechas y temporadas cada vez más largas.
La CDMX consiguió algo que durante décadas persiguió: convertirse en una escala prácticamente obligada de las grandes giras. Para el público, esa abundancia también impuso una nueva lógica de consumo.
Cuando cada semana hay un concierto ‘imperdible’, dejar pasar alguno ya no solo parece menos grave: también puede ser la decisión más sensata para el bolsillo.
Fuente: Tribuna
