Ciudad de México.- A veces no hace falta viajar para encontrarse con otra cultura. Como toda gran capital, la Ciudad de México ha recibido comunidades migrantes que llegaron con sus idiomas, sabores, creencias y formas de vida.

Parte de la riqueza de esta urbe está en su capacidad para incorporar esas identidades sin borrar su origen. Con los años, restaurantes, comercios, templos y celebraciones se entrelazan con las costumbres locales hasta convertirse en parte natural del paisaje.

Así ocurrió con la comunidad coreana. Mucho antes de que el K-pop, las series y los cosméticos despertaran el interés de nuevas generaciones, sus integrantes ya habían formado en México familias, negocios, asociaciones y espacios para conservar su cultura.

La historia comenzó en 1905, cuando 1,033 migrantes coreanos llegaron a Salina Cruz, Oaxaca, después de una travesía de alrededor de 45 días desde el puerto de Chemulpo, hoy Incheon. Habían sido contratados para trabajar en las haciendas henequeneras de Yucatán bajo promesas económicas que no coincidieron con las condiciones que encontraron al llegar.

Aunque aquella primera migración se estableció principalmente en la península de Yucatán, sus descendientes se desplazaron después hacia otras ciudades. La comunidad contemporánea también creció con nuevas migraciones vinculadas al comercio, la industria y la instalación de empresas surcoreanas.

En 2021, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Sur calculaba alrededor de 15 mil residentes coreanos en México y cerca de 400 empresas de ese país instaladas en territorio nacional. La estimación no incluye necesariamente a todos los descendientes de la migración histórica de 1905.

‘Pequeño Seúl’: Más de un siglo de presencia coreana en México

‘Pequeño Seúl’: Más de un siglo de presencia coreana en México

En la Ciudad de México, una parte importante de la comunidad se concentró en la colonia Juárez, especialmente en calles como Hamburgo, Londres, Liverpool y Florencia. Restaurantes, supermercados, peluquerías, karaokes y comercios de productos importados dieron forma a la zona conocida popularmente como Pequeño Seúl.

El barrio no nació como corredor turístico. Sus negocios respondieron primero a necesidades concretas: conseguir ingredientes difíciles de encontrar, acceder a servicios en su idioma, reunirse y conservar hábitos cotidianos lejos del país de origen.

Con el tiempo, estos espacios comenzaron a recibir también a mexicanos. Los restaurantes ampliaron su clientela con parrilladas, bibimbap, pollo frito, mandu, sopas y tteokbokki. Algunos incorporaron explicaciones en español, ajustaron los niveles de picante y enseñaron a nuevos comensales a utilizar las parrillas instaladas en las mesas.

Más que una moda gastronómica, este cambio muestra cómo comercios creados para una comunidad migrante terminaron integrándose a la oferta habitual de la ciudad. Lo mismo ocurrió con los supermercados y tiendas de conveniencia, donde alimentos, bebidas, cosméticos y mercancía musical conviven en anaqueles rotulados en español y hangul.

‘Pequeño Seúl’: Más de un siglo de presencia coreana en México

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La presencia coreana en la Juárez no se limita al comercio. En la parroquia del Santo Niño de la Paz, ubicada en la calle de Praga, se celebran misas en coreano los domingos para atender a la comunidad católica radicada en la capital. El templo funciona también como espacio de convivencia y conservación del idioma y la fe.

Cerca del Monumento a la Madre se encuentra la Campana de la Amistad México-Corea, instalada en 2012. La pieza de bronce pesa alrededor de 900 kilogramos, mide 1.4 metros de altura y reproduce la Campana Sagrada del rey Seongdeok, uno de los símbolos históricos más reconocibles de Corea.

La educación es otro de los pilares de esta presencia. El Centro de Educación Coreana en México sirve de enlace con nueve escuelas de herencia de la región, creadas para que las nuevas generaciones de ascendencia coreana aprendan el idioma, la historia y la cultura de sus familias.

Al mismo tiempo, el interés por estudiar coreano ha crecido entre mexicanos atraídos inicialmente por la música, las series o las oportunidades académicas. Instituciones culturales, academias privadas y universidades ofrecen cursos de lengua y preparación para el TOPIK, el examen oficial de competencia lingüística.

La expansión del K-pop, las producciones audiovisuales y la industria de la belleza volvieron más visible una presencia construida durante décadas. A los negocios tradicionales se sumaron tiendas de discos, academias de baile, cafeterías temáticas, concursos de dance cover y comercios de cosméticos que ampliaron el contacto con el público mexicano.

La ola coreana no creó esta comunidad, pero sí abrió sus espacios a nuevos públicos. Comercios que antes atendían principalmente a residentes coreanos ahora reciben a mexicanos, mientras productos, palabras y costumbres que parecían lejanos circulan con naturalidad fuera de la colonia Juárez.

Hoy, más de un siglo después de aquella primera migración, la huella coreana se reconoce en las calles de la Juárez, en las misas dominicales en su idioma, en las escuelas que buscan conservarlo y en los restaurantes donde el hangul convive con el español. Pequeño Seúl no es una réplica de Corea, sino el resultado de una comunidad que conservó su identidad mientras echaba raíces en la Ciudad de México.

Fuente: Tribuna